Feliz 2008

Cuando aún tenía fresca la resaca nocheviejera me he encontrado con el retorno al trabajo. Un regreso con ojeras y ganas de quedarse con la mirada perdida y los labios entreabiertos, dejando el cuerpo a merced de invisibles cuerdas que lo obligan a balancearse de un lado a otro sin lógica.  Lo más doloroso fué levantarme hoy, día dos de enero y coger el móvil y observar en él en rojo sangre los número 06:29, a sabiendas de que tan pronto como lo dejase de nuevo sobre la mesilla sonaría la alarma programada para las seis y media. Con todo, lo tiré con el cariño típico con que le he hecho inumerables marcas de guerra y concedí a mis deseos más elementales el lujo de pensar que seguiría durmiendo. Cerré los ojos y cuando me sentía desvanecer hacia un mundo oscuro y mudo sonó la alarma, arrancándome de ese limbo del que todavía no me había despegado, de ese breve espacio entre el sueño profundo y la vigilia.

Mi segunda palmadita en la espalda ocurrió cuando llegué a Santiago y alacancé la empresa en que trabajo, matando las infantiles esperanzas de que no hubiese ningún coche y que hoy no se trabajase.

Lo siento muchacho, feliz primer año nuevo trabajando.

Almenos he tenido vacaciones en navidad..

Durante el día he ido mascullando los recuerdos de la noche vieja, que aunque sólo estuvimos en un local fué divertido. Creo que nunca olvidaré a aquellos tipos que tan pronto como nuestros amigos se levantaron aprovecharon para robarles el sitio y en su particular campaña bélica querían continuar ganando posiciones a costa de los que aún quedábamos para hacer frente.

Recuerdo, con especial lujuria he de admitir, aquél que decía que los sofás no tenían nuestros nombres y que tenían tanto derecho como nosotros para sentarse. Mientras hablaba no podía dejar de mirar el borde del sofá desde el que me hablaba, y del suelo sobre el que tenía sus zapatos,  repletos del vómito del compañero que acababan de llevarse a casa. Sonrrío y sigo el juego del grupo incursor. Disfruto viendolos relamerse en su victoria, mientras sus pantalones se impregnan del ácido aroma del champan y las uvas rejurgitadas.

Recuerdo también haber mantenido una conversación con un anglosajón que no sabía hablar español, yo! que no hablo palabra de inglés! Henos allí hablando sobre chupitos y música como debían de haberlo hecho los colonos norteamericanos con los nativos indios.

Ah! también conservo fresco el momento en que cedí mi trono de tela y espuma a la única persona amable de los invasores. La única que se mantuvo firme ante sus principios y no usó la violencia en forma de empujones ni amenazas enzarzadas en bromas para ganar posiciones ni (en vano) asustar. Si, aquel fué mi triunfo ante los más básicos instintos de que hacían gala aquellas personas. La única que no se sirvió de la violencia ganó un sitio en aquel resumen de sociedad, abarrotada de violentos, y los pacíficos en minoría oprimidos en una esquina. Ha aquella musa desprovista de buen cuerpo le dedico mi más sincero saludo, El próximo cigarro que me líe irá dedicado a ella.

Mi último aliento del día lo malgastaré del mismo modo en que al final de aquella noche, cuando algún reloj sin corazón marcaba las nueve y media, tiré mi dinero en unos churros que costaron cuatro euros. La gente se disfraza, sonrríe, quizás vaya a misa cada cierto tiempo. Pero todos son asesinos, todos matan y desangran a la gente cuando ven la posibilidad.

Cada vez es más fácil vislumbrar las costumbristas tendencias que arraigan nuestra sociedad y la empujan a consumir, a cortarse las venas por mantener un cliché.

Es curioso, hace una hora estuve a punto de crearme un blog anónimo para soltar cosas sin sentido como finalmente me he atrevido a hacer aquí a pelo descubierto. Me gusta, quizás repita.

¿Un buen final para una serie de catastróficas tonterías? Si, lo hay. Pero no tiene nada que ver con la navidad, ni con las personas. Tiene que ver con algo que ocurrió hace unos años, cuando llegó el euro. Desde entonces

vean cuán caprichosas son las ideas que acosan al que no tiene nada que decir y le empujan a soltar caprichosidades!

desde entonces, decía, viene rondándome la cabeza la típica frase de “ahora con el euro el dinero ya no rinde”. Y hasta hace un par de días no sabía porqué. Todo el mundo sabe que los precios se han redondeado, si. Lo que antes salía a cien pesetas ahora nos cuesta 1 euro, lo que cinco pesetas cinco centimos. Pero no comprendía porqué, pese al obvio desfase con la anterior época, se producía una diferencia tan abismal entre la capacidad adquisitiva. El “he ahí” lo encontré en los sueldos, pues donde antes cobrábamos cien mil pesetas ahora eran 600 euros. Ahí no ha habido redondeo.

Espero que nadie se ría por haberme dado cuenta de esto tan tarde, al menos lo he comprendido.

Creo que otro día contaré porqué no se controlan en absoluto las horas que los trabajadores se ven obligados a realizar, merced los agentes que abundan y nunca dejan ver su pelo.

Recuerdo… Recuerdo que mañana tengo que levantarme a las 6 de la mañana (Si, no hay duda, las navidades ya han acabado). Buenas noches, caballeros. Quizás hayan malgastado ustedes su tiempo leyendo estas líneas. Yo, en cambio. Me siento muy bien.

Publicado el enero 3, 2008 en General, Opinion. Añade a favoritos el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Creo que es el primer post que hago sin ninguna imagen.. Creo que me estoy volviendo viejo.

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